Perdido. Con esa sensación
inicié el año. Todo a mi alrededor se me hacía desconocido. Posiblemente era
uno de los tantos síntomas que trae enero, junto con el guayabo luego de los
excesos. También podría ser el cansancio después de trabajar sin descanso, o
quizás fue la falta de días feriados.
Encontrarse en la rutina
no es más que una excusa, hace falta desprenderse del libreto y vivir cada día
a la vez. Sin embargo, se necesita conocer a ciertas personas para que logren
cambiarle a uno la manera de pensar y de actuar. Y así sucedió. Sin pensarlo,
sin necesidad de análisis. Dejando que todo fluyera.
Estaba acostumbrado a
pensar en lo que pudo haber sido, demostrando así una incapacidad de superar
mis propias barreras. Especialmente el miedo. Sin embargo, lo logré, lo superé.
Porque hay personas que te empujan a hacer lo impensable. Su misión es
sencilla, es sacar lo mejor que tenemos dentro. Los métodos podrán ser
exigentes, pero valdrá la pena. Hay que rodearse de ese tipo de gente.
A veces esas personas
llegan como faros dispuestos a guiarte en el camino. Y luego de unos cuántos
kilómetros recorridos desaparecen a lo lejos, dejando una imagen unas veces, un
recuerdo otras. Y al final encontrarás el camino, porque para encontrarse hay
que estar perdido, así fue como este año inicié mi recorrido.
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