Recorría un sendero que no escogía. Me dejaba sorprender por cada curva que encontraba. El reto llegaba con cada kilómetro recorrido. Cuando el camino se elevaba y me exigía pedalear con más fuerza así lo hacía. No me rendía. Pero me faltaba un destino.
La velocidad y el esfuerzo no importaban. No me medía. Quería conocer mi límite. Y así fue. Empecé a tener confianza en mí mismo con cada etapa que completaba. Pero eran tramos que se repetían unas veces y otras no guardaban relación alguna. Hacía falta tener un circuito para entender el trayecto completo.
Todo cambió de la misma forma en que uno puede encontrar nuevos y retadores obstáculos en el camino. Fue como encontrar la guía que me fue encaminando hacia esa ruta, ese circuito que tanto anhelaba.
Me sentía preparado para este nuevo reto, desde hacía mucho tiempo venía practicando. Kilómetro tras kilómetro iba mejorando mis tiempos. Conocía cada vez más mis fortalezas y mis debilidades. Y en cada ocasión me enfocaba en mejorar mi rendimiento.
Estaba entrenando para esa carrera final, ese gran torneo, sencillamente para llegar a mi destino. Y hoy he encontrado ese lugar al que quiero ir y lo más importante, alguien que me impulsa a seguir pedaleando sin importar el clima, ni los obstáculos que se presenten. Sobrepasando aquellas curvas peligrosas, los caminos elevados, los pasos agrietados.
Ha sido el mismo camino el que me ha enseñado a dosificar mis fuerzas. No puedo gastarme en el camino plano. Porque sé que vienen caminos elevados que exigirán lo mejor de mí. No solo fuerza sino resistencia. Porque no es el primero que llegue, es saber llegar. Esto no es una competencia. Es demostrarse a sí mismo que cada día se puede entregar un poco más. Y al final completar cada etapa.
El camino será largo, estará dividido por etapas y en todas demostraré el mismo entusiasmo. Porque sé que al final de cada etapa estará ella como recompensa. Estará en el podio esperándome. Porque no esperará menos de mí. Esa es la fuerza que logrará que siga pedaleando.
Será un camino sin fin. No dejaré de pedalear. Si lo hago se alejará. Ella y la meta. Ella y el camino. Y sé que no esperará en la puerta de atrás. Esa por la que se retiran los perdedores. Por eso llegaré a mis límites, porque sé que cada día puedo ser mejor. Sin embargo el temor de caerme estará siempre presente. El camino no es recto. Habrán momentos en que la lluvia y el viento estarán en contra mío. En otras ocasiones será el sol inmisericorde el que me agotará mucho más rápido. Y en otras oportunidades serán las lesiones las que podrán reducir mi velocidad.
Y si me caigo me levantaré de nuevo. No me quedaré esperando la lástima de los demás. Seguiré mi camino, lo único que tengo. Y prometo que pedalearé hasta mi último aliento, porque tengo la certeza de que en la meta ella estará para darme el suyo. El mismo aliento que hoy en día es la razón por la cual respiro.
Ascenderé por los caminos más elevados y más peligrosos. Con el único fin de llegar a donde ella esté. Porque ella es la meta, es el camino, es el aliento para seguir pedaleando en la vida.
Cada paso que dé, cada centímetro que avance estará impulsado por ella. Hoy estoy recorriendo un camino duro que a veces supera mis fuerzas. Pero sé que cuento con ella. Y cada esfuerzo valdrá la pena para estar más cerca a ella. Soy un afortunado. Soy un bendecido al encontrar la ruta, la meta y el aliento para pedalear.
Hoy pedalearé hasta que se me acaben las fuerzas. Esta vez tengo el aliento necesario y sé hacia dónde voy. Voy a recorrer un nuevo camino junto a ella.
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