No es que denigre de mi país, pero tampoco se me hincha el pecho de orgullo con los actos de mis compatriotas. Por lo menos no aquellos que vi en vacaciones. Traté de ver todo con ojos de extranjero, pensando que así podría apreciar la verdadera belleza de la propia patria, sin embargo lo que a continuación relato fue el resumen de ese intento.
Es evidente que viajar por el país tiene sus riesgos, por eso pensé que el primer trayecto debía ser en avión, más que todo pensando en la comodidad. En parte tenía razón, solo en parte porque varios sucesos hicieron darme cuenta de lo equivocado que estaba.
Saber de antemano que estaba a solo hora y media de dejar la fría capital y estar en una cálida playa era razón suficiente para estar emocionado. En la sala de espera veía a las personas a mi alrededor preguntándome quién de todos esos personajes podría quedar a mi lado en el avión.
¿Sería aquella mujer generosa en implantes PIP, o aquella otra joven rica, rica en biopolímeros ubicados en su región trasera? Claramente este paisaje era lo primero que saltaba a la vista, sin embargo un ruido me distrajo del par de atributos de sendas mujeres. Era un ladrido agudo e inconfundible de esos pequeños canes emparentados con las ratas. Alcé mi vista y vi a dos chihuahuas, uno de ellos todo un varón que de a poco se perdía en un grueso chaleco camuflado estilo militar. Como si esto no fuera suficiente espectáculo visual, el guerrero canino iba muy cómodo en una maleta de piel de tigre. Salvajismo en su máxima expresión.
Pronto cesaron los chillidos para ser reemplazados por los gritos y berrinches de unos gemelos con unos pulmones desarrollados a fuerza de los constantes quejidos. Era todo un duelo que por momentos se tornaba en dueto.
Ante este panorama temí que alguno de los personajes antes descritos se hicieran al lado mío en el avión. Con esa incertidumbre de saber quién sería la persona que estaría a mi lado, esperé hasta el momento de un despegue que se atrasó debido a ciertos problemas de coordinación interna en el cargue y descargue. Un hermoso eufemismo para decir sencillamente que se les olvidó bajar las maletas del vuelo anterior. Un muestra más de la genialidad de nuestras aerolíneas.
Finalmente despegamos y la silla contigua yacía vacía. Fue allí donde me di cuenta que por fin la comodidad se hacía realidad. Hasta que a los chihuahuas y a los gemelos les dio por dar un concierto inolvidable en pleno vuelo.
Al llegar a mi destino más muestras de comodidad y tranquilidad me dieron la bienvenida. El sonido de las olas, que en la bahía de Santa Marta son suaves, y esa constante pero refrescante brisa que viene de la Sierra Nevada lograron calmar el estrés de la ciudad que traía encima.
Hasta que llegó una volquetada de paisas salvajes queriendo colonizar las playas a las malas. Gritando a viva voz "Uribe, Uribe", como si fuera un grito de guerra. O como si con eso pudieran amedrentar a aquellos que estaban descansando y gozando de la tranquilidad rota por esta pandilla recién llegada.
Quise volver a sentirme extranjero en mi tierra y ver esta escena como algo particular y coloquial de estas tierras tropicales. Casi como una comedia. Pero lo que se generó en mi fue vergüenza ajena. Tanto como cuando vi una y otra vez a pequeñas niñas y enormes mujeres posando ante las cámaras. Con el mar de fondo y el viento haciendo bailar las chaquiras recién puestas en sus cabelleras. Amigo turista, si el objeto de tus afectos va a la playa y se pone chaquiras, déjala ir pero antes rápala.
El cuadro de costumbres seguía y mientras unos turistas sacaban billetes y monedas de aquel cilindro plástico amarillo que reemplaza las billeteras en la playa, otros jugaban fútbol ataviados en camiseta esqueleto blanca, medias negras hasta la rodilla y chanclas. Con este panorama y "Beautiful Life" de Ace of Base como música de fondo, de repente el año de 1995 llegó a las playas de Santa Marta y me envolvió. Fue un viaje en el tiempo a la década de los noventas.
Sé que la playa es terreno fértil para las colombianadas, pero lo que vi logró extasiarme al punto que luego de cuatro días decidí que ya era hora de iniciar el regreso a casa. Una odisea por tierra de 16 horas que fue la excusa para alargar el último día de descanso. Valga la aclaración que si el trayecto está ambientado por un mix de pistas musicales de organeta de primera comunión esas 16 horas se sienten como 24. Apenas iniciado el viaje apareció un aviso que decía que faltaban 870 KM para Bogotá. 50 metros después se asomó una nueva señal diciendo que faltaban 935 KM. La inteligencia vial en su clímax.
Cuando por fin llegué a casa comprendí que todo el exotismo de este país inviable es el que me lleva a concluir que orgulloso o no, este pueblo me divierte, por eso nos autodenominamos uno de los países más felices del mundo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario